Muy cerca de Haití. Bolivia es el país con mayor índice de violencia hacia la mujer en Latinoamérica. Las compañeras de Hilda marcharon en Camiri para pedir 30 años para su asesino
Javier Méndez Vedia/ EL DEBER
Estoy enamorada de otro. Esas palabras desnudaron la inseguridad de Milton y activaron su machismo. Eso no podía ser. Leidy no podía estar enamorada de su ex cortejo. Generaciones de mensajes machistas desataron la violencia asesina de Milton y con cada golpe trató de enseñarle que la mujer debe vivir sometida al marido, que para eso él era el hombre, su dueño, Milton Mendoza Espinoza. La golpeó hasta que le llegó la quietud de la muerte. Él tiene 22 años, como ella.
Juan Pablo Escóbar Lisceras ha cumplido 23 y, aunque se convirtió en feminicida hace seis días, la fuerza con la que oprimió el cuello de Hilda se fue gestando hace mucho. Se inició con las bromas que ridiculizan al varón ‘dominado’; con la alarma de madres y abuelas que no permiten que el ‘varoncito’ lave ni un vaso; con los mensajes que invocan la sumisión de la esposa; con los medios de comunicación que refuerzan la supremacía del varón. Cuando vio que eran las seis de la tarde y su novia no había regresado al cuarto, Juan Pablo se molestó. Ella apareció después de la medianoche, después de pasar un tiempo con sus compañeros de promoción. Ella y Juan Pablo durmieron y a las 5:30 de la mañana empezaron a discutir. Con un rostro confundido, mal repuesto de su resaca de violencia, tres horas después responde las preguntas secas del sargento Aldo Bernal:
- ¿Le quitaste la vida?
- Le quité la respiración acá nomás (se toca la garganta).
Estos dos casos ocurrieron en Santa Cruz, pero las características se repiten en El Alto, en La Paz, en Cochabamba. Según un relevamiento de la organización Cuántas Más, el 57% de los agresores tiene menos de 30 años de edad. Un preocupante 13% está entre los once y los 20 años. Según Ida Peñaranda, directora de Cuántas Más, la franja de edad más peligrosa es la que corresponde a Milton y a Juan Pablo: entre los 21 y los 30 años. El 44% de los feminicidas bolivianos está entre esas edades.
¿A qué edad comenzó la violencia?, se pregunta Ida. “Tenemos que remontarnos al noviazgo”. La sicóloga Silvia Méndez dice que el origen de la violencia se trata, en realidad, de conductas aprendidas y factores culturales. Los golpes, regaños y ofensas se van naturalizando poco a poco, arropadas en una cultura patriarcal que otorga la supremacía a los gustos y a las necesidades de los varones.
La idea del hombre ha sido exaltada (triunfo, liderazgo, riesgo, empresa) y se ha ‘casado’ con políticas de capital, de mercado y consumo. “La fuerza se ha valorado socialmente, como ente que regula y domina”, dice la sicóloga.
- “¿Estabas borracho?”, pregunta el sargento Bernal.
- Juan Pablo responde: “No, estaba yo sanito. La esperé. Ella se fue a tomar. Por eso fue”.
¿Hay solución? Sí. Uno de los grandes aportes de las ciencias sociales, según Silvia Méndez, ha sido establecer que la violencia se aprende. Frases como “vos sos el hombre de la familia” o “aquí tiene que haber hombres” chocan la pérdida de poder que ya está experimentando el varón. Hay una crisis de identidad en los varones; así se explica que en la manera de victimar a las mujeres haya tanta saña. “Las teorías dicen que la forma cruenta, sangrienta y alevosa de victimarlas es una manera de dar una advertencia de que las mujeres que terminan una relación o dejan a sus parejas, reciben esta sanción”, dice.
“El patriarcado quiere recuperar el espacio que está perdiendo. Lo hace sancionando, censurando, castigando a la mujer. La violencia es un esfuerzo de control de las vidas de las mujeres. Hay un deseo de posesión del cuerpo. La mujer debe ser como una barbie e ir al ballet, y el hombre debe ir a la Tahuichi y jugar fútbol”, dice Miriam Suárez, directora de la Casa de la Mujer, donde se ha instalado un ambiente con varias camas para las que huyen de la violencia en su casa, porque según Ida Peñaranda, en el 79% de los casos el asesino es la pareja de la mujer. Cuenta la abogada Leslie Cedeño. “Hace poco llegó una paraguaya con sus hijos, sus perritos y gatitos”. Es común que el agresor sea una amenaza hasta para las mascotas, porque no acepta la pérdida del poder. La mujer llegó descalza, en pleno frío. El marido no le permitió sacar ropa para sus niños.
¿Y la ley?Es una hermosa ley. Nació en 2013 y se llama Ley integral para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia. En el papel, establece que se debe erradicar el patriarcado transformando cualquier costumbre y cualquier comportamiento que produzca opresión o dominio de las mujeres por parte de los hombres. Establece también que está prohibido que las instituciones promuevan la conciliación del agresor con la mujer.
Sin embargo, la abogada Cedeño lamenta que haya sesgos de género en los jueces. Sí, es un avance que se considere un delito la violencia, dice la directora de la Coordinadora de la Mujer, Mónica Novillo; pero hay una Fuerza de Lucha contra la Violencia con pocos recursos y sin personal. No han creado los juzgados especializados para estos casos y el Ministerio de Justicia tampoco creó las fiscalías especializadas. “Los delitos quedan en la impunidad y eso es un mal mensaje para las que denuncian”, dice Novillo.
Los Servicios Legales Integrales, que dependen de los municipios, tampoco tienen el personal suficiente, pese a que después de la ley se aprobaron dos decretos para garantizar que los gobiernos municipales y departamentales cuenten con recursos, infraestructura y personal.
El feminicida está siempre cerca, en la intimidad. Para conocerlo mejor quizá baste con buscar un espejo

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